Siempre he querido vivir mi vida como si de una comedia romántica se tratase. ¿Quién no ha querido ser alguna vez princesa de nadie? Siempre quise perder zapatos de Cenicienta a ver si algún príncipe los encontraba por error; pero lo único que acabé perdiendo fueron las ganas. Y a base de desilusiones queriendo vivir deprisa, empecé a temer que al vivir de sueños al final acabase encontrando placentero el sufrimiento. Y pasó; cuando me quise dar cuenta fue como si de la noche a la mañana, algo me hubiese hecho ver que la realidad no era ésa. Perdí la esperanza de que algún día mi príncipe me rescatara.
Cansada de las palabras de memoria que decían todos, de poetas de bragueta, acabé entendiendo que el querer no era amar. Para sonreír, improvisé. Y en ese momento encontré mi desilusión desvanecida; palpé la realidad y odié la vida. Tuve que acostumbrarme a aguantar los meses que helaban cuando llegaban dentro del corazón. Mi almohada empezó a mancharse con el alma marchita, con las astillas que salían de mi corazón. No me gusta que nadie me vea como una persona débil, pero de vez en cuando necesito serlo.
Siempre he creído que quien te ama existe desde siempre. Le había soñado mil veces, había imaginado sus gestos, su mirada. Todas las palabras dulces que me diría después de un beso. Cómo me abrazaría por la espalda y se dormiría con su cara rozando la mía. Las horas que pasaríamos juntos riendo, hablando, en silencio. Lo segura que me sentiría entre sus brazos en un mal día. Cómo tomaría mi mano y superaríamos juntos cualquier obstáculo. Los nervios en el estómago cada vez que se acercase la hora de verle. Cómo cada uno de mis pensamientos sería para él. Pero en ese momento ya no tenía espacio para él. Lo tuve... pero ya no.
No podía comprender cómo podía haber pasado eso, aun por obvio que pudiese parecer. Sentía necesidad del paso acompasado del que todo tiene y aún así anhela, de sentirse valiente y mirar al cielo sin pararse a pensar en lo lejos que queda del suelo. De cantar en pálpitos de un amor sentido, no pensado; de respirar primaveras con cada soplo del parpadeo involuntario de quien nos da sentido con cada palabra. Tratar de no averiguar el porqué de la sumisión dulce que el beso acarrea, del suspiro a destiempo que al sentimiento delata, y que hace olvidarse del sobrevivir para zambullirse de cabeza en la aventura del vivir, así que con las mil muertes que el amor supone, no se acabe la vida con la sensación de no haber vivido.
Pero ya estaba cansada de quitar cascotes cuando me empezaba a derrumbar; de meterle mano al suelo.
Llegó un momento en que sentí que mis pasos no me llevaban a ningún lado. ¿Dónde estoy? ¿Qué hago? Corre, piensa algo por lo merezcas la pena; no lo encontraba, no me sentía orgullosa de mí. Y en ese instante, tropecé; no quería preguntas, no quería que me viesen, no hacía falta que supiesen que había caído.
Yo, que siempre había pensado que era alguien fuerte, que cuando alguna pena intentase abatirme siempre me tendría, por lo menos, a mí misma; que siempre habría una primavera de la que echar mano para curarme los inviernos.
Necesitaba una mano, ¿no hay nadie ahí? Silencio, sólo un arrítmico palpitar de fondo, antojándose podrido, como resistiéndose a perder la partida; mi pobre corazón de hierro se había oxidado poco a poco con las penas.
Sentí que mi lengua hablaba de morir por casualidad; sabía que nadie volaba saltando desde el balcón, así que busqué motivos por los que no cortarse de un tajo las venas, total, sólo necesitaba mentiras que mereciesen la pena. Pero dolía mucho hablar, dolía hasta respirar.
Sentí algo frío, húmedo, que erizaba la piel de mi cara. Y pasó; una lágrima, y luego otra, y otra. Pero encontré, como Bécquer, una alegría en mi tristeza, aún me quedaban lágrimas. Y pensé, (porqué no), que si toda esa mierda me cubría sería que no habría saltado demasiado alto.
Y resucité, sin dar explicaciones a nadie. Y haciendo de tripas corazón, cogí el lapicero de comerse las historias, y bajo el calabobos de las nubes de tabaco (por eso de que si tengo tabaco no me siento tan sola), escribí por no llorar las heridas del ayer; queriendo desterrar la idea de que quizás no fui capaz de ser, que quizás nunca seré.
Fue en una tarde de esas en que la casualidad se sienta a tomar café junto a la alegría, y deciden, para variar, tomar cartas en el asunto; cuando se presentó él, como salido de una película. Y me rompió todos los esquemas, hizo que, sin pensarlo, le dijese a mi sentido común que no me esperara levantado. ¿Quién se creía que era para entrar en mi mundo y ponerlo patas arriba? Pero no pude resistirme, lo reconozco; y le pedí que me llevase al rincón donde las manos hablaban para dejarme querer; diciéndole: “si lo hago mal no dejes de susurrar que no hay sitio en tu colchón”.
Nunca estás preparado para el momento que te cambia la vida, por eso no estaba segura; tenía miedo de enamorarme de él, pero tenía más miedo de perderle. Así que pensé: ¡qué importa el mañana si el cielo brilla hoy!”. Esa noche me hizo olvidar los golpes de la vida, y aunque nunca invertí en amores de una noche, en él encontré la esperanza que perdí.
De pronto merecía la pena vivir. Entender la vida era levantarse y sólo pensar en él. Siempre me gustó el sabor del poco a poco, pero era como si no encontrase los frenos, aunque ya ni quería acordarme de ellos. Era un amor como en las películas, impetuoso, abrasador, capaz de revolver el alma con la fuerza de mil ciclones; pero temía que, como ellas sólo durase dos horas. Le dije que no quería que me quisiera sin amor; y su respuesta fue un beso y una promesa de esas imposibles, pero bueno, las más bonitas siempre son las más difíciles de cumplir. A pesar de todo, quería amarle con locura por si no había mañana. Fueron días para no olvidar, era tan bonito vivir sin depender de nada; solos él y yo, entonces no necesitábamos nada más.
Sentía que por él merecían la pena todas las cosas, le quería tanto que el corazón se me hacía pequeño. Cada día, al llegar la noche, sabía que me esperaba tumbado en mis sueños; y que me susurraría al oído, como tantas veces, que perderíamos el mundo al abandonarnos.
Pero uno no se puede pasar la vida viviendo de sueños, y las circunstancias, poco a poco, nos iban volviendo a la realidad, una realidad a la que temía, pues había sido dura conmigo, pero pensé que con él todo lo podía; y tuvimos que dar el paso, y no tenía miedo, porque sabía que no soltaría mi mano.
Y fue esa realidad la que nos trajo distancia; y esa distancia recelo. Me había enseñado muchas cosas cuando estuvimos juntos, pero nunca me enseñó cómo aprender a vivir sin él. Me había hecho presa de la constelación de sus lunares. Tal vez me daba miedo el modo en que le necesitaba; él, sin embargo, tenía miedo de mí, de mi pasado, de mis cosas; así que tuvimos que acabar prohibiendo a la mente confundirse con memorias.
Intentaba vivir cada vez que él no estaba. Siempre esperaba llamadas que nunca llegaban, y él se aburrió de esperar cambios de suerte que nunca pasaban. Me hubiese gustado decirle que me aguantaba cada vez que moría si podía volverle a ver. En mis venas metía lágrima certera como puños para que al llorar me doliera; cuando yo fuese tanto como él quisiera recordar...
Pero por más que me esforzaba no podía recordar la última vez que me dio un beso sin saber por qué. Mi corazón estaba a punto de caducar de estar esperando besos de esos robados con los que es tan fácil convencer; sólo tenía sed de soñarle sin pensar en él. Es increíble cómo alguien rompe tu corazón y sin embargo sigues amándole con cada uno de los pedacitos. Quería saber si aún tenía un sitio para hacerme la dormida debajo de su piel. Parece mentira que estando tan cerca nos sintiéramos tan lejos. Seguía necesitando una almohada para llorar cuando mereciese la pena, que parecía ser demasiado a menudo; pero sabía que le querría aunque me fallase, y eso me dolía aún más. Me consolaba pensando que amores que mataban nunca morían. Me gustaría que su culpa fuese sólo por mi culpa, que mi culpa fuese sólo por amor; y aún así todos los días tenían, al menos, un minuto en que cerraba los ojos y disfrutaba echándole de menos.
Estaba cansada de remendar la vida en las pestañas; cómo me hubiese gustado ser la mujer de su vida, aunque sólo fuese por un día. Cada noche recordaba esos momentos en los que le quería más que a nada, incluso más que cuando hacíamos el amor, y eso que dicen que en ese momento tienes que querer con locura; y sentía que morir ya no me importaba si le viese al despertar.
Y así, sin él, me fui reduciendo a existir, y olvidé esa pequeña levedad de ser que él me regalaba con cada sonrisa, y que la pena no me dejaba ver cuánto echaba de menos.
Recordé esos ojos que en su día me enamoraron. Penetrantes, misteriosos. Contaban mil cosas, escondían otras tantas más. Tornándome caprichosa regalé besos olvidados a su corazón malherido. Volvió a suceder. El calor de dos cuerpos se impregna de deseo y por un instante consigues estar bien. Pero ese día necesitaba que me amase en forma de bolero tras arroparnos con la sensatez del desvarío.
Necesitaba que prolongase ese sosiego, ojalá me hablase de sueños. En mi cuello devastado de besos, se posaba su aroma, que goteaba lágrimas por la yugular. Como cuando intentas atrapar los segundos con las manos, yo le escrutaba tras las estrellas, se convertía en pedacitos de nada, con la certeza de que ya no quedaba tiempo. Desterraba de mi vida las palabras, acogía los silencios. Los sentidos tienden a engañar, y yo prefería observarle sin verle, así se escondía entre su pelo el miedo. No sin llevarme el sabor amargo de una rápida despedida que, apurando los segundos, me dejó el eco de un te quiero. Mentiría si dijera que no me sentía vacía, si intentara negar que algo de mi no respondía, si afirmara que no encontrarle a mi lado me era indiferente. Me había acostumbrado a él, y sólo había servido para cerciorarme de que ya le buscaba antes de conocerle. Había perdido tiempo por sus ilusiones, y cambié el llorar por luchar en su nombre.
“No te vayas, formas parte del silencio de mi habitación, de las cosas que en su momento no dije y ahora es mejor callar. Algún día vendrás y ya no estaré; necesito que me quieras ahora”. Me di cuenta de que sin él ya no era nada; de qué me serviría vivir si al final no le encontrara.
Y pensando si la vida nos daría algún día lo que nos dimos el uno al otro, decidimos dejar de hablar tan alto para hablar más claro de nosotros dos. Recuerdo su grito: “Te quiero, por encima de cualquier pero”. Y desde ese día dejamos de vivir en función de los demás. Y es ese grito el que aún hoy retumba en mi corazón y lo hace latir cada vez que le recuerdo. Pues sé que, a pesar de todo, ha merecido la pena.
Gracias, porque me viste cuando me sentía invisible...



es preciiosO ^^